El Mundial de la FIFA 2026 en Norte y Centroamérica ya comenzó, pero en la industria televisiva el fervor no se siente como antes. En otras ediciones, la temporada mundialista hacía que los programas de entretenimiento de TV se vistieran de futbol. Lluvia de especiales, equipos de celebridades para alentar a la selección, comentaristas que fueron internacionales, transmisiones desde las calles y entrevistas con estrellas del torneo encendían la parrilla incluso antes del silbatazo inicial. Esta vez es distinto: no es que no haya especiales, pero sí es evidente que las cadenas ya no se vuelcan por completo al “modo Mundial”.
Aun así, no sería correcto decir que el Mundial perdió popularidad. Sigue siendo uno de los mayores eventos deportivos del planeta. Según la FIFA, la Copa del Mundo Catar 2022 alcanzó a 5 000 millones de fans a través de TV, plataformas digitales y redes sociales. La final entre Argentina y Francia despertó el interés de más de 1 400 millones de personas. En Corea del Sur, los partidos de la selección mantienen un poderoso imán: el Corea–Uruguay de Catar 2022 registró un 41.7 % de audiencia nacional combinada en las tres grandes cadenas en abierto (según Nielsen Korea). Más que la desaparición del fenómeno, lo que cambió es la forma de consumirlo.
Uno de los grandes cambios está en la estructura de los derechos de transmisión. En Corea, esta Copa del Mundo se emite principalmente por JTBC y KBS. Antes, las tres cadenas en abierto competían por los derechos y movilizaban todos sus recursos —entretenimiento, noticieros y programas culturales— para crear el clima mundialista. En esta ocasión, JTBC aseguró primero los derechos y luego negoció con las emisoras terrestres; al no prosperar los acuerdos con MBC y SBS, el poder de fuego del sector terminó disperso. Para una cadena sin derechos, invertir en grandes especiales vinculados al Mundial dejó de tener sentido. Así, la fiesta dejó de ser de “toda la TV” para concentrarse en los canales que sí poseen la transmisión.
La diferencia horaria también pesa. Con el torneo en Norte y Centroamérica, para la audiencia coreana abundan los partidos de madrugada o por la mañana. Se rompió el esquema de reunirse en la noche con familia y amigos, y de que la euforia continuara con talk shows y variedades tras el juego. En particular, los programas de entretenimiento rinden cuando encajan con el ritmo de vida del público; con la mayoría de encuentros a primeras horas, se reducen los puntos de enganche para montar especiales.
El viraje hacia el consumo móvil influye de manera notable. Hoy los espectadores ya no dependen de la transmisión en vivo por TV. Las jugadas de gol se consumen en minutos como highlights, las entrevistas con los jugadores circulan en formato corto y los análisis tácticos se difunden velozmente en YouTube y comunidades en línea. Si antes las televisoras marcaban el ambiente y la audiencia acompañaba, ahora el público elige solo lo que quiere ver en su plataforma favorita. La fiebre mundialista sigue ahí, pero ya no se traslada automáticamente a la parrilla de variedades.
El costo de producción tampoco es menor. Los especiales del Mundial implican rodajes en el extranjero, invitados legendarios, sets ambiciosos y enlaces en vivo: proyectos caros en un mercado publicitario menos holgado que antes y con audiencias difíciles de garantizar. Dependiendo del desempeño de la selección, los horarios de los partidos y la reacción en línea, el éxito puede variar drásticamente, aumentando el riesgo para las cadenas. Por eso, en lugar de lanzar grandes especiales desde cero, hoy muchas optan por integrar elementos del Mundial dentro de programas ya existentes.
Que el “gran evento” no monopolice la TV tiene una lectura clara: se acabó la era en la que los programas de variedades acaparaban la conversación. Si se repitiera una atmósfera como la de 2002, el interés podría volver a estallar en cualquier momento. Pero es difícil imaginar el regreso de aquel panorama en el que todas las cadenas armaban equipos de apoyo y lanzaban especiales sin parar. Lo que hoy necesita la televisión no es revivir la fiesta de 2002, sino crear contenidos mundialistas acordes con la nueva forma de ver y vivir el torneo.